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El imperio de 1,000 mdp detrás del atún Dolores

02 sep 2016

Forbes. México

espués de haber sido liquidados de una empacadora de camarón, José Eduvigildo Carranza fundó Grupo Pinsa, empresa que en un inicio fabricaba harina de pescado en una pequeña planta de esta ciudad. Pero pronto vio que el negocio estaba en la pesca y en el enlatado de atún.

Hoy es la empacadora de atún más importante del país. Tiene una partici­pación de mercado de 54% y contri­buye con 10% a las exportaciones de productos enlatados y congelados de atún que hace el país. También exporta a cinco países de Europa un producto de alta calidad como es el lomo de atún.

En los últimos dos años, la compa­ñía ha invertido poco más de 1,000 mi­llones de pesos (mdp) para construir dos nuevas plantas y un astillero.

En 2014 inauguró una planta con un valor de 230 mdp para procesar lomo de atún también en Mazatlán, Sinaloa, y antes de que finalice el año habrá abierto una nueva procesadora de sardina, que requirió un monto de 30 millones de dólares (mdd); estará en el puerto de Guaymas, Sonora, con­tará con su propia flota de 15 barcos, y permitirá a Grupo Pinsa erigirse como el mayor productor de sardina del país.

También tiene en construcción, con una inversión de 21 mdd, un asti­llero frente a su planta de enlatados de Mazatlán. Iniciará operaciones antes de que termine este año y entre sus funciones estará dar mantenimiento a su flota de 20 barcos atuneros y dar servicio a terceros.

Actualmente la compañía envia a reparar sus barcos a Centroamérica, a Panamá, lo que incrementa los costos y consume tiempo, asegura Rubén Ve­lázquez, director general de la división Pinsa Comercial.

Grupo Pinsa es 100% mexicana y genera más de 4,600 empleos; sus principales canales de distribución son mayoristas y minoristas (retail), que se reparten las ventas 50-50. En el canal mayorista, la empresa es líder indiscu­tible, con una cuota de 80%.

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Nacida de un conflicto

En 1980 las autoridades mexicanas denunciaron que los barcos estadou­nidenses pescaban atún en aguas nacionales. El conflicto se recrudeció cuando la Armada de México detuvo seis embarcaciones de ese país que pescaban dentro del límite de las 200 millas marinas nacionales; la respuesta fue el bloqueo en Estados Unidos de las importaciones de atún mexicano.

A partir de ese momento, la pro­ducción de atún en México entró en crisis, pues el principal mercado para los pescadores era Estados Unidos. El problema se agudizó un poco más debido a que las principales procesa­doras de atún eran estadounidenses y a nivel nacional el consumo de atún era bastante bajo.

Por aquellos tiempos, José Edu­vigildo Carranza, fundador y CEO de Grupo Pinsa, trabajaba como contador general para una empacadora de camarón de origen estadounidense ubicada en el puerto de Topolobampo; ahí laboró por cuatro años.

Pero en 1981, el presidente José López Portillo firmó un decreto que otorgó a las cooperativas de pescado­res los activos de las plantas camaro­neras, con lo que unas 200 empresas tuvieron que despedir a sus emplea­dos. Entre ellos estaban Carranza y su entrañable amigo Berdegué, quien le propuso iniciar su propio negocio.

“Con nuestra liquidación, pusimos una planta para producir harina de pescado, la cual elaborábamos con los sobrantes de las empacadoras de sar­dina, para luego venderla a las fábricas productoras de comida para mascotas”, relata el ceo de Grupo Pinsa, quien fue educado en una escuela militar.

Pero su objetivo principal era producir atún enlatado, y a pesar del embargo de Estados Unidos, los dos incipientes empresarios decidieron comenzar a invertir en la construcción de una planta procesadora de atún.

“Nos encontramos con que no existía infraestructura para procesar el atún, y en la misma planta en la que producíamos harina de pescado tuvimos que habilitar un área para que cada proceso tuviera su propio espacio”, comenta Carranza.

Como parte del programa de adquisición de activos camarone­ros del gobierno federal, los cuales fueron entregados a las cooperativas pesqueras, se implementó un progra­ma de apoyos y créditos enfocados a impulsar la productividad de las organizaciones civiles.

Banpesca fue la institución encar­gada de canalizar dichos créditos a los cooperativistas y en 1984 otorgó un préstamo a Carranza.

Con la adecuación de la planta para descarnar atún y dos barcos adquiridos al Grupo Visa, del empre­sario Eugenio Garza Lagüera, Grupo Pinsa comenzó a trabajar en tres líneas de producción que procesaban entre 10 y 15 toneladas de carne de atún al año.

“En un inicio, comprábamos el atún a una empresa estadouni­dense establecida en Ensenada, pues al no tener barcos propios no había otra forma de obtener la carne”, relata.

En los albores debieron superar varios retos; a la falta de una industria pesquera desa­rrollada se sumaba el déficit de una fuerza laboral con experiencia. “No existía mano de obra calificada para la producción, no sabíamos ni descargar el atún de los barcos, nos hacían falta muchas cosas, tuvimos que traer gente del puerto de San Diego y de Ense­nada para que nos ayudara a suplir la mano de obra que no existía en Ma­zatlán, gente que supiera manejar la maquinaria, el equipo, los químicos e ingenieros especializados para operar nuestra planta”, narra el CEO.

Entre sus allegados, Carran­za es conocido como Leovi. Es originario de Guadalajara, pero desde muy niño llegó a Mazatlán, pues su padre se dedicaba a la venta de hortalizas que llevaba desde Mazatlán hacia la capital tapatía y la Ciudad de México. El empresario, de personalidad y gestos recios, pero un vestir modesto, reconoce que no proviene de una familia de pescadores.

Tuvo que trabajar desde muy jo­ven, pues los ingresos de su padre no solventaban los gastos familiares; su astucia y disciplina lo granjearon con sus maestros, quienes le consiguieron trabajo a sus 17 años en una empa­cadora de camarón, para hacerse cargo de los costos, los almacenes y embarques.

“Me gustaba entrometerme en todas las áreas de la planta; lo mismo estaba en las líneas de empaque que en los barcos, me interesaba aprender cómo funcionaban los motores fuera de borda, las canoas, cómo manio­braban las redes, quería saber todo lo relacionado con la industria, no sólo estar en la oficina”, recuerda.

Desde que comenzó a trabajar siempre fue el primero en llegar. “Para las seis de la mañana ya estaba en mi escritorio, y para la hora de salir era el último en abandonar la oficina”, narra.

Pasado maquilador

En los inicios, Pinsa maquilaba producto para las marcas Pescador, Cosecha del Mar y Economía, pues no poseía un sello propio. Fue hasta 1986 cuando comenzó a operar sus propias marcas Mazatún y El Dorado.

Carranza, aficionado al beisbol y seguidor incondicional de los Vena­dos de Mazatlán, comenzó a jugar desde muy pequeño este deporte: “mi posición era primera base debido a mi corta estatura”. Y aunque no era muy bueno al bat, en los negocios se convirtió en un excelente jugador: en octubre de 1991 pegó un hit al comprar al gobierno la marca atún Dolores.

El gobierno había lanzado tres licitaciones para adjudicar Dolores a un privado, y las tres veces quedaron desiertas. “Fue entonces que me buscó el que fuera secretario de Pesca, Gui­llermo Jiménez Morales –a quien ha­bía apoyado en varias ocasiones para tratar temas del sector pesquero–, para que fuera yo quien me quedara con la marca”, recuerda Carranza.

Durante el tiempo en el que el gobierno administró la marca Dolores otorgó concesiones para que distintos producto­res utilizaran el sello a cambio de entregar una cuota de atún enlatado al gobierno para su comercialización. Con la ad­quisición de la marca por par­te de Grupo Pinsa, la empresa debió lidiar con la piratería, pues los pequeños producto­res etiquetaban sus enlatados con la marca Dolores.

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A contracorriente

El embargo atunero impuesto por Estados Unidos alegaba que los pescadores mexicanos violaban la norma Dolphin Safe, que protege a esa especie durante la pesca de atún. Este evento quebró a empresas y pescadores nacionales y extranjeros que operaban en el país, y que vivían prácticamente de la exportación a la Unión Americana.

Por esos años, el consumo de atún en México era apenas de 24,000 toneladas anuales, pues no existía una cultura de consumo. Esto fue algo con lo que debió lidiar Grupo Pinsa en sus inicios, dado que además de no contar con la infraestructura y la mano de obra adecuada para la industria, tenía un mercado muy pequeño al cual debía transformar sus hábitos alimenticios.

“Por esos años la pobla­ción mexicana consumía más sardina, debido a que era un producto barato, el atún era considerado un alimento distinto que sólo era consumi­do en sándwiches”, comenta el fundador de Pinsa. En 1981, Bertha Maldonado, esposa del entonces secretario de pesca Fernando Rafful, trabajaba para una agencia de publicidad, donde ideó la campaña que cambió por completo la cultura de consumo del atún en México.

A partir de la tonada “Chun Ta chun Ta chun vamos a comer atún” co­menzó el ascenso de la industria y del consumo de atún entre los mexicanos, que hoy es de 170,000 toneladas al año.

Actualmente, la producción de atún en México supera las 165,000 toneladas anuales, además de que sus ganancias equivalen a poco más de 2,200 mdp. Sinaloa es el principal productor nacional, al participar con el 57% del total de la producción, seguido de los estados de Chiapas, Colima y Baja California, de acuerdo con la Sagarpa.

Grupo Pinsa participa actualmente con 54% de la producción anual de atún en México, y su capacidad de producción es de 400 toneladas de enlatados y 50 toneladas de congela­dos diariamente, además de que vende 96% de su producción en México.

Sus principales competidores son Mar Industrias con su marca Tuny y Herdez; ambas marcas se dividen el resto del mercado.

José Eduvigildo Carranza con­sidera que no ha llegado a ninguna meta y que Grupo Pinsa debe seguir mejorando, que se debe modernizar y continuar su ampliación, pues no concibe otra forma de permanecer en el mercado.

Este hombre, que fundó una de las empresas mexicanas más emblemáti­cas de los últimos años, menciona que nunca ha realizado uno de esos largos viajes de 65 días para ir a capturar atún; agrega que su máxima enseñan­za ha sido rodearse de la gente más capacitada para llevar a cabo cada una de las labores que ha requerido dentro de la empresa. “Yo puedo ser un tonto, pero no tan tonto, tengo la habilidad de tener gente bien preparada en la compañía”, afirma.

Fuente: FORBES