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La industria vitivinícola chilena alcanza lugares de excelencia en el mundo

15 nov 2016

El Economista. Chile

Chile viene esforzándose diligentemente por ir incorporando nuevos sectores de oportunidades a la actividad económica, como comercio al por menor -tanto hacia el interior como al resto de Latinoamérica-, servicios globales en diversas áreas, astronomía y, en fechas recientes, los llamados laboratorios naturales.

Lo anterior no ha significado -muy al contrario- dejar de lado aquellos en los que se ha venido sobresaliendo por décadas como la minería, el forestal, la acuicultura, el turismo o la agroindustria. En efecto, tanto nacionales como inversionistas extranjeros se han confabulado para ir incorporando tecnologías, nuevas habilidades y formas de gestionar, aprovechando los accesos a mercados distantes con bienes y servicios cada vez de mayor calidad.

1.800 millones de razones

Una de las industrias que más se ha beneficiado con estos cambios ha sido la vitivinícola, actualmente en el cuarto lugar del mundo por exportaciones, y subiendo, por detrás de Italia, España y Francia. Los chilenos beben algo más de 240 millones de litros, lo que es igual a 13,4 litros per cápita, y unos 800 millones viajan al exterior. Se afirma que unas 1.800 millones de personas en el mundo consumen al menos una botella de vino chileno por año.

Las exportaciones van dirigidas a 150 naciones. En valor se acercan a los 2.000 millones de dólares, cifra que por sí sola representa un 12% de las expediciones silvoagropecuarias que sitúan a Chile entre los 20 primeros proveedores de alimentos del orbe y entre los cinco primeros en productos forestales.

Actualmente es el sexto productor mundial, situación que se ha visto favorecida por las condiciones climáticas desfavorables ?heladas y lluvias principalmente? padecidas por otros países productores. Con todo, para este año se prevé una reducción de los 12,9 millones de hectolitros producidos a causa de un clima poco benigno que apunta a una merma del 21% en la obtención local, que lo clasificará en el séptimo puesto.

Vinos perfectos

Los reconocimientos que alcanzan los vinos chilenos provienen de todos lados, ya sea por sus exportaciones, precios, volúmenes o sostenibilidad. En fecha reciente el considerado por Forbescomo el crítico más relevante a escala global, James Suckling, entregó su lista de los mejores 100 vinos del planeta: en ella figuran seis chilenos. Los 10 primeros se consideran perfectos, consiguieron la puntuación máxima de 100 puntos; el segundo lugar fue para un caldo de Chile. Se cataron más de 10.000 venidos de España, Francia, Italia, Nueva Zelanda, Austria, Argentina, Australia y Estados Unidos.

Las exportaciones chilenas de vino embotellado han crecido un 5% en volumen en los 12 meses anteriores. Esta vez el crecimiento se sustenta en países como China, Japón y Corea del Sur. Las compras de Asia han tenido un aumento de un 24% en volumen. Estados Unidos lo hace en un 2%.

Detrás de estos logros existe una gran labor que viene realizándose desde hace unos 20 años, se ha impulsado una fuerte profesionalización en el cultivo y elaboración hacia cotas elevadas. De las cinco cepas tradicionales plantadas hay un giro hacia la diversificación; hoy se cuenta con unas 25, generando una oferta amplia y novedosa para todo tipo de paladares y bolsillos.

Un ejemplo de este trabajo ímprobo lo constituye el realizado por investigadores locales que han conseguido reproducir en Chile el vino pajarete, traído por los jesuitas españoles al desierto de Atacama, al norte de Santiago, hace ya cuatro siglos. Han desarrollado una levadura que les permitió reproducir su sabor tradicional. Por su mayor graduación alcohólica tiene consideración de licor.

El vino forma parte de la memoria de Chile. El trabajo agrícola y productivo, unido al saber hacer, es parte de la cultura y el patrimonio que nos arropa. Esta bebida llegó de mano de nuestros antepasados españoles. En los comienzos era algo habitual tener parrones en las casas donde se vivía, lo que daba paso a la transformación del fruto en vino para consumo personal, situación que era posible hallar a lo largo de los mil kilómetros que separaban las regiones de Coquimbo por el norte y Bío-Bío por el sur. A contar del año 1700 en adelante datan las primeras exportaciones a territorios próximos a Chile.

Desde 1850 productores y empresarios vitivinícolas invirtieron en la traída de cepas, maquinarias, construcción de bodegas y sistemas de transportes y contrataron técnicos con conocimientos. Hacia 1880 se da inicio al despegue de este negocio en la que el vino se dignificó y la manufactura aumentó de forma considerable.

Para este 2016 hay prevista una caída en la producción mundial a niveles de 2012 por razones fundamentalmente climatológicas. Así, esta disminuiría en un 5%, cayendo desde los 273,9 millones de hectolitros presentes hasta los 259,5 millones. Los que más influirían en este retroceso entre los grandes productores serían Francia (12%), Sudáfrica (19%), Chile (21%) y Argentina (35%). Aunque el que más se vería afectado es Brasil (50%).

En definitiva, la introducción entonces y ahora de nuevas tecnologías y los esfuerzos realizados antes y después por nacionales y extranjeros asfaltaron el sendero para que la preparación chilena de vinos sea reconocida en el exterior por su gama de aromas y sabores que le confieren un marca y atributos propios, situándolo en el grupo de los mejores.

Fuente: El Economista