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La ‘Colección Mexicana’ en Chile: una historia de solidaridad

03 Ago 2015

La exposición es el fiel reflejo de cómo, en determinados momentos de la historia, se une la política con el arte.

Veinticinco años después de la reanudación de relaciones diplomáticas entre México y Chile, en 1990, la historia de cómo se integró la llamada Colección Mexicana en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA) de Santiago de Chile, uno de los museos de arte moderno más interesante en Sudamérica, sigue siendo el testigo vivo y silencioso de la utopía de construir una sociedad igualitaria, la representación plural y a la vez contradictoria de los diversos lenguajes con que la pintura y la escultura expresan una o varias maneras de comprender el mundo, y el fiel reflejo de la relación que, en determinados momentos de la historia, une a la política con el arte.

La Colección Mexicana, un conjunto de 305 obras hoy alojada en el antiguo Palacio Heiremans, una casa de principios del siglo XX ubicada en el barrio República santiaguino, que más tarde sería la embajada de España y donde luego, paradoja cruel, operó un centro de tortura de la Central Nacional de Informaciones, la policía política de Augusto Pinochet, es una refinada muestra, desde el punto de vista ético y estético, de la manera en que el arte intenta influir, de modo libre y único, en una coyuntura política muy particular. Pero la muestra relata también, mediante formas, imágenes, colores, materiales y texturas variadas, una historia de solidaridad con aquellos valores y principios en que se funda toda comunidad civilizada que pretenda ser digna de ese nombre.

El itinerario recorrido en sus distintas etapas por el MSSA —y el estupendo acervo que lo integra (www.mssa.cl) con alrededor de 2700 obras—, ha sido bien documentado, tanto en su primer momento –de 1971 a 1973- cuando numerosos artistas internacionales, invitados por Salvador Allende en el marco de la “Operación Verdad” para observar lo que estaba sucediendo en el gobierno de la Unidad Popular, enviaron obra como gesto de fraternidad, como de 1973 a 1990, el período de la dictadura, cuando las donaciones fueron remitidas a los grupos de exiliados en diversos países, hasta la reunión de toda la obra en Chile y la apertura del museo, luego del retorno de la democracia. Lo que probablemente son menos conocidas son las circunstancias que, con el impulso de sus principales promotores, motivaron a artistas, creadores, críticos, intelectuales, diplomáticos, museógrafos e incluso dirigentes políticos, a apoyar no tanto un proyecto cultural, que lo era, sino una causa claramente política, que es el origen y fundamento de la gran colección que hoy atesora el museo.

 

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